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historia

18.05.2012  08:41
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Un movimiento de reconocimiento mundial

Nuevo Cine Argentino: 1997 – 2010

La irrupción de Pizza, birra y faso, dirigida por los debutantes Adrián Caetano y Bruno Stagnaro, en el Festival de Mar del Plata de 1997 asombró al público y a los críticos de todo el mundo, marcando el surgimiento de lo que más tarde se denominó “nuevo cine argentino”.

Pizza, birra, faso es la película que marca el inicio de Nuevo cine argentino.


Los premios obtenidos por Mundo grúa, la ópera prima de Pablo Trapero en el primer Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente realizado en 1999 y luego en las muestras de Venecia, La Habana y Rotterdam, terminaron de consolidar la potencia renovadora que representaba para el cine argentino la emergencia de una camada de jóvenes directores.

Se trataba de un grupo heterogéneo de películas que asumían su carácter contemporáneo, que entrelazaba de forma sutil realidad y ficción, y que se destacaba por la libertad de sus personajes y la descripción de “estados de ánimo”. Eran producciones que se apoyaban en grupos de amigos y actores no profesionales, transformando los bajos presupuestos en una apuesta estética.  

Las causas del nacimiento del “nuevo cine argentino independiente” podían encontrarse en el auge de escuelas de cine que se dio en la Argentina de la primera mitad de 1990 y la sanción de la nueva ley de Cine hasta la aparición de nuevas revistas especializadas y la puesta en marcha de festivales como el de Mar del Plata y el Bafici, que actuaron como plataforma de los nóveles directores.

Entre los antecedentes podían encontrarse las obras de Martín Rejtman (Rapado, Silvia Prieto), Esteban Sapir (Picado Fino), Raúl Perrone (Graciadió), Alejandro Agresti (Buenos Aires Viceversa), Ana Poliak (¡Qué vivan los crotos!) y, de forma especial, en el estreno de Historias breves en 1995, una selección de cortometrajes producidos por el INCAA que dio a conocer los primeros trabajos de cineastas de la talla de Adrián Caetano, Bruno Stagnaro, Lucrecia Martel, Jorge Gaggero y Daniel Burman.

Por esos años, también la Universidad del Cine emprendía con Moebius (Gustavo Mosquera, 1996) un ambicioso plan de producción de films-escuela, para introducir en el ámbito profesional a sus alumnos.

Con el inicio del nuevo siglo, los nuevos directores nacionales comenzaron a obtener prestigiosos premios en el circuito internacional. Lucrecia Martel ganó el premio Alfred Bauer en el Festival de Berlín de 2001 con La ciénaga, su ópera prima. Daniel Burman obtuvo dos Osos de Plata en Berlín 2004 con El abrazo partido. En el mismo festival también fueron galardonadas El custodio (Rodrigo Moreno, 2006) y El Otro (Ariel Rotter, 2007). Al mismo tiempo, producciones independientes como Balnearios (Mariano Llinás, 2002), Los rubios (Albertina Carri, 2003) y Los muertos (Lisandro Alonso, 2004), comenzaban a ser programadas en las salas no tradicionales, encontrando su propio público entre los porteños.

También se consolidaba la generación anterior de cineastas, con elogiados títulos, entre los que se destacaban Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000); El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2001); Plata quemada (Marcelo Piñeyro, 2001); e Historias mínimas (Carlos Sorín, 2002).

En los años previos y posteriores a la crisis económica y social que la Argentina sufrió en 2001 surgieron distintos grupos de realizadores que indagaban en el registro documental, con películas como Grissinopoli (Darío Doria, 2005) y Habitación disponible (Eva Poncet, Marcelo Burd y Diego Gachassin, 2004). En el Festival de Mar del Plata de 2007, Nicolás Prividera fue premiado por el documental M.

El cine argentino estableció una marca récord en 2007 con el estreno de 92 filmes nacionales, que reunieron a más de 3.100.000 espectadores. ¿Quién dice que es fácil? (Juan Taratuto, 2007), La señal (que, a raíz del fallecimiento de Eduardo Mignogna, marcó el debut en la dirección de Ricardo Darín) y el filme animado Isidoro (José Luis Massa, 2007) fueron algunas de las más taquilleras. Con XXY, su debut en la dirección, Lucía Puenzo obtuvo el Premio Goya a la mejor película hispanoamericana y el Gran Premio de la Semana de la Crítica en el Festival de Cannes.

El año 2008 marcó varios hitos para el cine argentino. Por un lado, significó el regreso al cine del vigente talento de Leonardo Favio con Aniceto, una versión musical de su filme de 1966 Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más.

En el festival de Cannes, dos filmes nacionales -La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel y Leonera, de Pablo Trapero- participaron en la competencia oficial en el Festival de Cannes y Pablo Fendrik fue galardonado por su segundo largo, La sangre brota, en la Semana de la Crítica. Y en San Sebastián, El nido vacío, de Daniel Burman, ganó el premio al mejor actor (Oscar Martínez) y a la mejor fotografía (Hugo Colace). En la décima edición del BAFICI sobresalieron la monumental Historias extraordinarias, una radical apuesta de Mariano Llinas; y Los paranoicos, la ópera prima de Gabriel Medina.

En las taquillas se destacó la comedia romántica Un novio para mi mujer –protagonizada por Valeria Bertuccelli y Adrián Suar, bajo la dirección de Juan Taratuto-, que fue vista por más de 1.400.000 espectadores. A través de un novedoso sistema de fideicomiso, también se estrenaron con éxito Motivos para no enamorarse (Mariano Mucci) y, ya en 2009, Música en espera, de Hernán Goldfrid y con Natalia Oreiro y Diego Peretti.

En el BAFICI 2009 los jóvenes realizadores mostraron sus películas El último verano de la Boyita (Julia Solomonoff); Todos mienten (Matías Piñeiro); Excursiones (Ezequiel Acuña); Castro (Alejo Moguillansky); Tekton (Mariano Donoso); y el sorprendente documental Iraqi Short Film, realizado por Mauro Andrizzi con videos censurados de grupos insurgentes iraquíes y soldados norteamericanos.

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